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Pequeñas grandes historias

EL MISTERIO DE LOS BICHOS PICANTES

Era principios de julio de 2015. La familia estaba ilusionada con la posibilidad de volver a cultivar el huerto, abandonado desde hacía tres años, cuando la abuela, que era su alma, se había puesto muy enferma .

Entre entonces, planteles, mosquitos y picaduras de avispas, todo iba sobre ruedas, hasta que la madre se le ocurrió la idea de cultivar unos guindillas picantes muy grandes.

Con mucho cuidado y ilusión plantó entonces en macetas pequeñas y las colocaron en fila, a tocar de la pared del patio de casa, para trasplantarlos en el huerto cuando llegaran a cierta altura.

La madre cada día los mimaba y daba gusto ver cómo crecían. Eran unas quince plantas, aproximadamente.

Unos días más tarde, el primer plantel, de derecha a izquierda estaba muerto. Qué pena, pero no pasa nada, aunque los había muchos.

Dos días después, el segundo, en el mismo orden, también estaba muerto! Mala suerte.

Y así, cada dos días la madre con tristeza encontraba una plantita muerta, y siempre en el mismo orden, en fila, como cuando se juega de derribar piezas de dominó.

Era todo un misterio. La madre no tenía ninguna idea de lo que podría estar pasando con los planteles. No había cambiado nada. El regado, el sol y la sombra estaban a la medida justa; no había ninguna señal de hongos o de cualquier otra enfermedad; ni de tornillos o babosas, nada!

Unos días más tarde, cuando sólo quedaban vivas cuatro plantas, la madre escuchó las risas de Maurici, que venían del patio. Unas risas que contagiaban. Curiosa, fue a ver qué cosa tan graciosa le hacía reír de aquella manera.

Pero, el que vio la madre no se lo hizo ninguna gracia: En Mauricio, riendo por los codos hacía pipi encima de la que sería su próxima y última víctima, la cuarta planta.

Misterio resuelto: El travieso las mataba con pipi, de una a una, a escondidas.

Bueno, ni todo estaba perdido. Al final la madre aún pudo salvar tres plantas, de las que cosechó una veintena de bichos.